Miguel Ángel Martínez

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Bogotá, Cundinamarca, Colombia

jueves, 14 de marzo de 2013











Quedó atrapado en la imagen con varios colores que representan el límite, especialmente el de tono rojizo, conductor de su  crudeza vocal para arder en tarima. Randy Blythe parece entregarse aún cuando el velocímetro pretenda acorralar, desde el subterráneo se  absorbe y expulsa con toda supremacía, aquella furia tocada por la lengua incoherente de los poderes abusivos que oprimen al mundo, desde el cordero de dios y sus catedrales, hasta los palacios absortos de corbatas sucias. Aparenta violencia en su proceder, naturelaza humana, sin embargo, miles de ojos contempladores colombianos atestiguaron en 2010 dos horas después, que el metal, si es  férreo, pero no alcanza a herir,  en cambio sana, libera. Randy asumió con la misma entereza con la que entra a escena y lleva  ese tren musical al margen, un momento de su vida que casi lo encierra tras los muros de la infamia, redimido, ahora suelta las amarras en busca  tal vez de una canción, en donde pueda emancipar la transgredida justicia.